jueves, 17 de septiembre de 2015

La contaminación que mata

Infartos, ictus, enfermedades respiratorias e incluso cáncer de pulmón. Son algunos de los estragos de la contaminación atmosférica. Una lista que aún no está cerrada. De hecho, varios equipos de científicos están investigando sobre los efectos que tienen las partículas contaminantes de la atmósfera durante el embarazo, tanto para las madres como para sus hijos. El más reciente, del Centro de Investigación de Epidemiología Ambiental (CREAL), profundiza en el papel del exposoma durante la gestación. Es decir, el total de exposiciones ambientales que afectan a las personas desde la concepción en adelante, complementando el genoma.

Como explica a EL MUNDO el director del CREAL, Jordi Sunyer, los actuales retos de la ciencia en este campo se centran en el papel de la contaminación "durante el embarazo, sobre su repercusión en el desarrollo del cerebro, de trastornos neuropsicológicos y de enfermedades neurodegenerativas".

La exposición a productos químicos ambientales en el feto o en el transcurso de las primeras etapas de vida se han asociado con problemas del crecimiento y con efectos neurotóxicos, inmunotóxicos y obesogénicos en los niños. No obstante, señalan los autores del trabajo del CREAL, "la evidencia aún es limitada o insuficiente". También lo es la que asocia la contaminación a "otros efectos más sutiles como las enfermedades oftalmológicas o del riñón", puntualiza Sunyer.

Siete millones de muertes en 2012

Lo que está claro es que la contaminación no sólo golpea al medio ambiente, sino también a la salud. Un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) advertía el pasado mes de abril que más del 90% de la población europea está expuesta a niveles de partículas finas en el aire (las que más profundamente penetran en el sistema respiratorio) superiores a las directrices de calidad que fija la propia OMS. Esto, según el mismo organismo internacional, se tradujo en 2012 en cerca de 482.000 muertes prematuras por cáncer de púlmón, enfermedades respiratorias y cardiovasculares.

A ellas habría que sumar otras 117.000 adicionales como consecuencia de la contaminación del aire interior (fundamentalmente del dióxido de nitrógeno, las partículas finas o los compuestos orgánicos volátiles emitidos, por ejemplo, por el humo del tabaco, los aparatos de gas, etc.). En total, 600.000 fallecimientos anuales en el continente europeo que suponen un coste de 1,4 billones de euros, cifra equivalente a la décima parte del Producto Interior Bruto (PIB) de la región en 2013. En España, teniendo en cuenta los datos entre 2010 y 2012, la carga económica asciende a unos 38.000 millones de euros, lo que representa el 2,8% del PIB. Según la Agencia Europea de Medio ambiente (AEMA), España registra unas 27.000 muerte anuales por contaminación del aire.

En definitiva, uno de cada cuatro europeos cae enfermo o fallece de forma prematura como consecuencia de la contaminación ambiental. En todo el mundo, las estimaciones de mortalidad alcanzaron en 2012 unos siete millones de personas. Por enfermedades cardiovasculares, como los infartos y los ictus; respiratorias, como la EPOC o las infecciones agudas en los niños; o por cáncer de pulmón. Del mismo modo, también existe un lazo con una repercusión más: la ansiedad, que afecta globalmente al 16% de la población en algún momento de su vida, sobre todo a quienes viven cerca de autopistas.

En este sentido, el equipo de Jordi Sunyer, director del CREAL, ha publicado un trabajo que demuestra que la contaminación tiene un impacto directo sobre el desarrollo del cerebro. Sus resultados, publicados en la revista Plos Medicine, revelan que los alumnos de colegios cercanos a vías con mucho tráfico tienen un desarrollo cognitivo más lento que los que asisten a centros expuestos a una menor intensidad de circulación.
Los contaminantes más agresivos

Precisamente el tráfico es el principal culpable de la contaminación en las ciudades, pero también hay otras fuentes, centradas en algunos sectores industriales (siderurgia, cemento y centrales térmicas) y en el tratamiento de los residuos. Los contaminantes ambientales que más problemas de salud causan son las partículas en suspensión (PM10 y PM2,5), el dióxido de nitrógeno (NO2), el ozono troposférico u 'ozono malo' (O3) y el dióxido de azufre (SO2).

Estar sometido día tras día y durante años a estas sustancias no sólo aumenta el riesgo de determinadas enfermedades, también resta, en general, años de vida. Concretamente, por cada incremento anual de cinco microgramos por metro cúbico de las PM2,5, aumenta el riesgo de muerte prematura en un 7%. Así lo determinaba un estudio europeo con más de 300.000 personas.

Y lo peor es que este robo de vida ocurre incluso cuando los valores de estas partículas en suspensión están por debajo de los límites máximos establecidos por Europa, 25 microgramos por metro cúbico al año. Es decir, no hay umbrales seguros y así lo confirma cada uno de los estudios que se van publicando sobre los efectos de la contaminación ambiental. Los últimos señalaban que precisamente los niveles permitidos por la UE son capaces de aumentar el riesgo de morir por un problema cardiaco, y aún más. Las madres expuestas a la emisión de contaminantes en la atmósfera son significativamente más propensas a tener hijos de bajo peso al nacer. Varias investigaciones están aportando pruebas del impacto de la exposición en el útero sobre el riesgo de mortalidad intreuterina y prematuridad.

Junto con las embarazadas, los niños, las personas mayores y los enfermos constituyen una población especialmente vulnerable a la contaminación atmosférica. Durante el Congreso Europeo de Cardiología celebrado en agosto se expusieron datos reveladores. Según las estadísticas, los pacientes cardiacos ingresaron más en los días de mayor contaminación. Además, aquellos que fueron sometidos a un cateterismo para desbloquear sus arterias obstruidas presentaron mejores resultados cuando el clima era soleado pero frío y con menos niveles de monóxido de carbono y de óxidos de nitrógeno.

Prevenir es posible

Todas las evidencias apuntan a que el diseño de políticas para reducir la morbilidad y la mortalidad de la población pasa por limpiar el aire que respiramos. ¿Cómo? Realizando algunos cambios como los que propone la OMS, que apuesta por ser más exigente, por ejemplo, con los límites de las PM2,5 (recomienda no superar los 10 microgramos por metro cúbico). O ampliando los espacios verdes en las ciudades. Está demostrado que los parques mejoran parámetros tan dispares como la ansiedad, la calidad del sueño, la salud cardiovascular, la longevidad, mortalidad o tasa de partos prematuros.

Los expertos están convencidos de que se puede luchar contra la contaminación y reducir, por lo tanto, la incidencia de cáncer y enfermedades cardiorrespiratorias. Algunas ciudades (en los países nórdicos y Canadá) han conseguido mejorar la calidad del aire prohibiendo la calefacción de carbón en los edificios, apostando por las energías renovables y realizando un mayor control del transporte. Sin duda, concluye Sunyer, "mejorar la calidad del aire, que es uno de los factores prevenibles de enfermedad al igual que el tabaco o el alcohol, ofrece claros beneficios en salud".


Estar sometidos diariamente a la contaminación reduce años de vida

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