Publicitat

jueves, 1 de junio de 2017

...y me oyeron!!!

      Para un laringectomizado hablar es, sin lugar a dudas, lo más importante de su vida, una vez que esta la tiene “asegurada” superados los trámites postoperatorios. Pero me vais a permitir en este artículo recurrir a cierta nostalgia y rememorar otro de los momentos claves de esta azarosa y complicada vida. Se trata del momento en que nos damos cuenta de que realmente nos oyen, de que nuestros interlocutores no tienen que imaginar lo que decimos interpretando nuestros labios susurrando, más que hablando, lo que queremos decir.

     Yo recuerdo como si hubiese sido hace unas semanas o pocos meses la primera vez que fui consciente de esa grata sensación. Fue en un lugar público con la persona a quien me dirigía de espaldas y sin esperar que yo la llamase. Y me oyó, se volvió, y a los pocos segundos fui consciente de lo que había conseguido. Hablar a distancia, como una telefonía sin hilos o un walkie talkie invisible. A partir de ese momento mi mayor ilusión era hablar de una habitación a otra y practicar y comprobar mis “poderes” casi inimaginables hasta esos momentos.

     A lo largo de lo largo (perdón por la redundancia) de mi aprendizaje uno de los ejercicios que hacía con mucha frecuencia era grabar mi voz para comprobar mis progresos. Creía que lo hacía bien, hasta que unos días más tarde volvía a escuchar lo grabado y comprobar que de bien nada, que apenas se me oía y menos aún se entendía. No eran más que ilusiones fonéticas, algo así como sueños perdidos en los que todos seguimos hablando, yo creo, con la misma perfección que antes de…

     Pero como la esperanza no hay que perderla nunca llegó, siempre llega, ese día, momento mágico en que vemos como la naturaleza de nuestro cuerpo ha sido capaz de superar lo insuperable y conseguir que el sonido de nuestra voz y de nuestras palabras llegue más allá de nuestros labios y sea entendida por nuestros interlocutores, familia, amigos, y todos los que estén dispuestos a tener la paciencia necesaria para escucharnos. Porque nuestra valiosa voz no es igual a la de los que no han pasado por el trance de una laringectomía total. Bueno, igual si que es aunque no tenga la misma potencia. Y vale mucho más, vale toda una vida de lucha y perseverancia para conseguir que de un pequeño eructo salga una clara voz que se puede oír más allá de lo inimaginable cuando empezamos ese camino.

     Una vez llegamos a este punto de que nos oigan a cierta distancia ya solo queda que esos interlocutores sean lo suficiente pacientes y comprensivos de dejarnos hablar cuando lo pedimos o es nuestro turno. Y que en esos lugares tan ruidosos entre los que hacemos buena parte de nueva vida social bajen un poco el volumen de esa música (o lo que sea) y de esa televisión que nadie está escuchando para que nos puedan oír mejor. Lo primero es fácil, pero lo segundo… sería un milagro. Es muy difícil ir en contra de toda una anti-cultura como es el ruido y los chillidos.

     Pero como hoy estoy tratando de ser nostálgico y de revivir buenos recuerdos seamos positivos y recordemos lo que escribí hace años, casi 4, en que comentaba LA ÚLTIMA LECCIÓN del Dr. Borragán animándome a que no renunciase a ser oído, si a la primera no lo conseguía que volviese a insistir y si ese día no podía volviese otro hasta poder conseguirlo. Al final el triunfo es del que no se rinde.



El triunfo es del que no se rinde

No hay comentarios:

Publicar un comentario