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lunes, 18 de septiembre de 2017

Por si había dudas: sí, el ocio beneficia seriamente la salud

  • ¿Renunciar a las vacaciones? Mejor no
  • Tener tiempo libre es crucial para el bienestar físico y psicológico
"No tengo vida" y «necesito desesperadamente unas vacaciones» son dos de las frases que con más frecuencia tuitean los famosos y los personajes públicos. Pero ojo: no se trata de una queja, sino más bien de un alarde de agenda. Silvia Bellezza, investigadora de la Universidad de Columbia (EEUU), denomina este tuiteo como humblebragging, un término anglosajón acuñado hace poco para aludir a la falsa modestia de las celebrities. Sin embargo, la carencia de tiempo libre se ha convertido en algo de lo que presumir, con independencia de si se es popular o no. «Si alguien nos pregunta '¿cómo estás?', ya es raro que contestemos 'bien, gracias'; solemos responder con un '¡ocupado!'», asegura Bellezza. 

Por eso hace un año inició una investigación junto a la Universidad de Harvard para averiguar si vivir con la agenda tan a rebosar influye positivamente en cómo nos ven los demás. La conclusión fue un rotundo sí. Han quedado atrás los días en los que vivir ocioso, sin nada que hacer excepto disfrutar del tiempo libre, era sinónimo de alto estatus; ahora despiertan admiración las personas superocupadas.

 «En Estados Unidos gozan de más prestigio las personas que trabajan todo el tiempo y no tienen ni un momento de respiro», explica Bellezza. «Cuanto más se asienta la creencia de que el trabajo duro es lo que nos da opciones de prosperar y ascender en el escalafón social, más valoramos a quienes renuncian al tiempo libre y trabajan a todas horas», añade. Según la investigadora, «percibimos que las personas muy ocupadas poseen dos rasgos humanos claves y envidiables: son ambiciosas y competitivas». Y claro está: queremos parecernos a ellas.

La paradoja es que ese ritmo de vida a ful que veneran las sociedades occidentales tiene consecuencias negativas para la salud. No disponer de tiempo libre nos aleja bastante de lo que entendemos por bienestar. Entre otras cosas, porque el corazón se resiente cuando nos hundimos bajo montañas de trabajo.

Un reciente estudio británico basado en más de un millón de trabajadores reveló que las personas que trabajan más de 55 horas semanales tienen un 33% más de riesgo de sufrir un infarto que quienes se limitan a una vida laboral de 35 ó 40 horas a la semana. Además, quienes renuncian a las vacaciones -la última ocurrencia de los trabajólicos- deben saber que el riesgo de sufrir un ataque cardíaco se duplica. En definitiva, llegar a viejo es bastante más difícil si vivimos para trabajar que si trabajamos para vivir. En Japón incluso tienen una palabra para eso: karoshi, que significa muerte por exceso de trabajo.

TRABAJAR MÁS DE 60 HORAS A LA SEMANA TRIPLICA LA APARICIÓN DE TUMORES

A esto hay que sumarle que el cuerpo en forma de manzana, un tipo de obesidad que fomenta la acumulación de grasa alrededor de órganos vitales, también está directamente relacionada con el exceso de curro y con la predisposición a enfermar. A ello se añade que somos más vulnerables a la diabetes, la artritis y el cáncer cuantas más horas pasamos trabajando. 

Dedicar más de 60 horas semanales a lo laboral triplica la incidencia de tumores, algo que los científicos atribuyen a que el exceso de estrés provoca cambios fisiológicos que reducen el número de las denominadas células asesinas o NK (por las siglas inglesas de natural killer). Sin ellas en primera línea de defensa, las células cancerosas lo tienen mucho más fácil para hacer de las suyas.

Desde el punto de vista de la neurociencia, la ausencia de tiempo libre es a todas luces insana. «El exceso de trabajo es un estresor crónico, y sabemos que el estrés continuado produce una elevación a largo plazo de los niveles de cortisol que es tóxica para el cerebro», explica Michael Valenzuela, investigador a la cabeza del Grupo de Neurociencia regenerativa de la Universidad de Sidney (Australia). «En esencia, conduce a la pérdida de neuronas y a fallos en la función cerebral», añade el investigador. De hecho, en su opinión, el equilibrio entre trabajo-ocio no debería considerarse una opción, ni siquiera un estilo de vida, sino un elemento indispensable para la salud cerebral.

ABURRIMIENTO.

 Y no sólo eso. Si pretendemos ser creativos e innovadores, no hay nada más contraproducente que ocupar todo nuestro tiempo. Es más, estudios recientes revelan que para dar rienda suelta a la creatividad es imprescindible aburrirse un poco. Cuando nos invade el hastío, o mientras soñamos despiertos, se activa en la sesera la red neuronal por defecto (RND), un entramado de células nerviosas vinculado con el ingenio y la inventiva. Por el contrario, cuando no tenemos tiempo ni para respirar la actividad de la RND se suprime casi por completo. Eso implica que viviendo para trabajar perdemos la capacidad de conectar experiencias pasadas, proyectar hacia el futuro e imaginar

Que infravaloramos el ocio se nota especialmente cuando, después de una estresante vida carente de tiempo libre, llega el momento de la jubilación. «En ese momento las actividades de ocio son aún más importantes, porque venimos de tener un nivel alto de estímulos sociales, mentales y físicos proporcionados por la actividad laboral», advierte Valenzuela. «Si esos estímulos desaparecen de golpe, nuestra sesera corre un serio peligro», añade. 

Al fin y al cabo, el cerebro, como los músculos, necesita acción y estimulación constantes para no debilitarse. Conociendo como conocemos nuestro órgano pensante, el investigador asegura que debería ser prioritario planificar lo que haremos al dejar de trabajar. Porque, reflexiona, «¿qué sentido tiene disfrutar de 20 ó más años de jubilación si nuestro cerebro deja de funcionar?».


El exceso de trabajo triplica la aparición de tumores cancerígenos

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